#Posverdad I
Si esto sigue así, algo va a cambiar.
Dentro del aluvión de neologismos relacionados a las nuevas tecnologías hay uno que sobresale y se vuelve mediático. El Diccionario Oxford lo consideró palabra del año en 2016. Se trata de “Post-Truth” (“post-verdad”). Y se define como: “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
En medio de un vertiginoso cambio social, a diario, nos enteramos de nuevos logros relacionados a lo científico-tecnológico que transforman nuestra visión del mundo que nos rodea. Así, invocando los saberes científicos, Se ha llegado al punto de convertir a la ciencia y la tecnología en una especie de dios que proporciona un “valor de verdad” a un sinnúmero de cosas.
En este mismo escenario, vemos emerger el poder de la opinión interesada, infundada y a veces delirante. Simplificaciones que hacen un verdadero terrorismo intelectual. Bajo el cartel de “especialistas consultados” proliferan los “top doctors”, los “top professors”, fantasmas de políticos y otros mercaderes de toda calaña.
Enmascarados en la misma comparsa pseudo-cientista, subsisten antiguas supersticiones y surgen nuevas corrientes antropo-“algo” como las dietas paleolíticas, o los que privan a sus hijos de beneficiados como vacunas de eficacia probada, con el argumento de lo antinatural, o los que defienden el poder antitumoral de dietas alcalinas, y el poder curativo de todo lo que pueda venderse. Sin olvidar a los que leen el lenguaje del cuerpo y otros tantos que interpretan la realidad por nosotros y nos dicen que pensar.
Cada loco con su tema, esto siempre fue así, y es casi un derecho pensar como a uno le venga en gana. Pero el límite es la mentira mal intencionada y la manipulación, que ocurre tanto en las relaciones interpersonales, hasta ámbitos como la educación, los medios de comunicación y las decisiones de Estado.
Utilizar la información para desinformar produjo el mayor éxito del neocapitalismo: “El pobre liberal-conservador”, que infantilizado y alienado transita su existencia añorando lo que nunca tendrá, adulando a los que los oprimen y odiando al que menos tiene porque le recuerda que la cosa puede ir peor.
El Pancapitalismo (liberalismo global) se lleva puesto los estados nacionales y produce una cada vez más profunda e injusta distribución de la riqueza. Y por lo tanto un gran aumento de la pobreza.
Todos los sectores sociales, aunque alienados, perciben el golpe en el bolsillo pero el descontento no puede canalizarse.
Los partidos tradicionales de extracción popular y las izquierdas no terminan de convertirse en opción porque no se visualizan como opositores, ni siquiera diferentes, dando lugar a las ultraderechas xenofóbicas, clasistas y delirantes.
En el mundo ya surgen algunas advertencias. Y así llego Trump que, a la vez que el Brexit, ponen en evidencia la existencia de la “post-verdad”, un estado de idiotez generalizada, muy bien descrita, (casi premonitoria) en la sátira Ideocracy
Un film del director Mike Judge (2006) que describe el futuro gobernado por idiotas.
Y, a la vez, nos hace recordar que algo similar ya ocurrió y también en democracia. En Alemania, (1935) surge La Ahnenerbe, que fue un organismo dentro de las SS, destinado a crear una nueva imagen ultra nacionalista para el Tercer Reich. A la vez coexistía con la Göttingen que era un foco intelectual de lo más granado de las Matemáticas y la Física. Los que se vinieron a sumar a la ya existente sociedad Thule, que estudiaba he investigaba los orígenes del pueblo alemán. Esta mezcla de fanatismo, resentimiento y ciencia, entre otras muchas cosas, facilitó las condiciones para el triunfo del nazismo.
La ciencia simplificada es un cientificismo cuasi-religioso y autoritario que se impone como único relato. Existe mucha y buena divulgación científica, pero esta es explicitando resultados y no el método y, mucho peor aún, no pone en juego valores morales. De este modo, la ciencia pasa para muchos a ser creencia en vez de reto intelectual. Y su valor de verdad sale de la esfera del conocimiento y la razón para trasladarse a los laberintos de la irracionalidad, a los instintos primarios y dar paso a la moral del marketing. Pone a las ciencias sociales al servicio de un sistema político injusto que parece viajar más hacia el pasado que al futuro.
Mientras sigamos inmutables ante la estupidez, no sólo viviremos en un mundo “post-truth” sino que facilitaremos también el regreso a otra era. Estando ya en la Post-Modernidad, se requerirá un esfuerzo de imaginación para nombrar lo que viene. Tal vez sea adecuado el término “post-History” para lo que puede suponer el regreso a una nueva Edad Media o, peor, a un invierno nuclear.
Los científicos se manifiestan ahora, como si Trump, Le pen, y a los “post-verdaderos” no significaran un impacto es sus ecuaciones. A fin de cuentas, para ellos se trata de números, votos, cantidad de pobres, etc.
La “post-verdad”, la estupidez potencialmente letal no se combate desde lo cuantitativo sino desde lo cualitativo, desde una reflexión sobre las propias carencias, y desde una mirada crítica al mundo. Y no es tan difícil hacerlo, quizá baste con leer de vez en cuando y con cierta calma un periódico.
Es arriesgado poner a la ciencia al servicio de políticas delirantes, pero es ingenuo suponer que alcanza con el blindaje mediático cuando el salario no llega a fin de mes.
Dentro del aluvión de neologismos relacionados a las nuevas tecnologías hay uno que sobresale y se vuelve mediático. El Diccionario Oxford lo consideró palabra del año en 2016. Se trata de “Post-Truth” (“post-verdad”). Y se define como: “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
En medio de un vertiginoso cambio social, a diario, nos enteramos de nuevos logros relacionados a lo científico-tecnológico que transforman nuestra visión del mundo que nos rodea. Así, invocando los saberes científicos, Se ha llegado al punto de convertir a la ciencia y la tecnología en una especie de dios que proporciona un “valor de verdad” a un sinnúmero de cosas.En este mismo escenario, vemos emerger el poder de la opinión interesada, infundada y a veces delirante. Simplificaciones que hacen un verdadero terrorismo intelectual. Bajo el cartel de “especialistas consultados” proliferan los “top doctors”, los “top professors”, fantasmas de políticos y otros mercaderes de toda calaña.
Enmascarados en la misma comparsa pseudo-cientista, subsisten antiguas supersticiones y surgen nuevas corrientes antropo-“algo” como las dietas paleolíticas, o los que privan a sus hijos de beneficiados como vacunas de eficacia probada, con el argumento de lo antinatural, o los que defienden el poder antitumoral de dietas alcalinas, y el poder curativo de todo lo que pueda venderse. Sin olvidar a los que leen el lenguaje del cuerpo y otros tantos que interpretan la realidad por nosotros y nos dicen que pensar.
Cada loco con su tema, esto siempre fue así, y es casi un derecho pensar como a uno le venga en gana. Pero el límite es la mentira mal intencionada y la manipulación, que ocurre tanto en las relaciones interpersonales, hasta ámbitos como la educación, los medios de comunicación y las decisiones de Estado.
Utilizar la información para desinformar produjo el mayor éxito del neocapitalismo: “El pobre liberal-conservador”, que infantilizado y alienado transita su existencia añorando lo que nunca tendrá, adulando a los que los oprimen y odiando al que menos tiene porque le recuerda que la cosa puede ir peor.
El Pancapitalismo (liberalismo global) se lleva puesto los estados nacionales y produce una cada vez más profunda e injusta distribución de la riqueza. Y por lo tanto un gran aumento de la pobreza.
Todos los sectores sociales, aunque alienados, perciben el golpe en el bolsillo pero el descontento no puede canalizarse.
Los partidos tradicionales de extracción popular y las izquierdas no terminan de convertirse en opción porque no se visualizan como opositores, ni siquiera diferentes, dando lugar a las ultraderechas xenofóbicas, clasistas y delirantes.
En el mundo ya surgen algunas advertencias. Y así llego Trump que, a la vez que el Brexit, ponen en evidencia la existencia de la “post-verdad”, un estado de idiotez generalizada, muy bien descrita, (casi premonitoria) en la sátira Ideocracy
Un film del director Mike Judge (2006) que describe el futuro gobernado por idiotas.
Y, a la vez, nos hace recordar que algo similar ya ocurrió y también en democracia. En Alemania, (1935) surge La Ahnenerbe, que fue un organismo dentro de las SS, destinado a crear una nueva imagen ultra nacionalista para el Tercer Reich. A la vez coexistía con la Göttingen que era un foco intelectual de lo más granado de las Matemáticas y la Física. Los que se vinieron a sumar a la ya existente sociedad Thule, que estudiaba he investigaba los orígenes del pueblo alemán. Esta mezcla de fanatismo, resentimiento y ciencia, entre otras muchas cosas, facilitó las condiciones para el triunfo del nazismo.
La ciencia simplificada es un cientificismo cuasi-religioso y autoritario que se impone como único relato. Existe mucha y buena divulgación científica, pero esta es explicitando resultados y no el método y, mucho peor aún, no pone en juego valores morales. De este modo, la ciencia pasa para muchos a ser creencia en vez de reto intelectual. Y su valor de verdad sale de la esfera del conocimiento y la razón para trasladarse a los laberintos de la irracionalidad, a los instintos primarios y dar paso a la moral del marketing. Pone a las ciencias sociales al servicio de un sistema político injusto que parece viajar más hacia el pasado que al futuro.
Mientras sigamos inmutables ante la estupidez, no sólo viviremos en un mundo “post-truth” sino que facilitaremos también el regreso a otra era. Estando ya en la Post-Modernidad, se requerirá un esfuerzo de imaginación para nombrar lo que viene. Tal vez sea adecuado el término “post-History” para lo que puede suponer el regreso a una nueva Edad Media o, peor, a un invierno nuclear.
Los científicos se manifiestan ahora, como si Trump, Le pen, y a los “post-verdaderos” no significaran un impacto es sus ecuaciones. A fin de cuentas, para ellos se trata de números, votos, cantidad de pobres, etc.
La “post-verdad”, la estupidez potencialmente letal no se combate desde lo cuantitativo sino desde lo cualitativo, desde una reflexión sobre las propias carencias, y desde una mirada crítica al mundo. Y no es tan difícil hacerlo, quizá baste con leer de vez en cuando y con cierta calma un periódico.
Es arriesgado poner a la ciencia al servicio de políticas delirantes, pero es ingenuo suponer que alcanza con el blindaje mediático cuando el salario no llega a fin de mes.


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