¿Quiénes somos cuando los algoritmos deciden por nosotros?
Reflexiones tempranas sobre La Inteligencia Artificial ( Tercera Parte)
por Aca_Me_Dicen_Victor Para El Octavo Día
La cuarta herida narcisista: del inconsciente al algoritmo
Después de Copérnico, Darwin y Freud, llega una nueva herida al ego humano: la inteligencia artificial. No somos el centro del universo, ni de la evolución, ni de nuestra mente… y ahora tampoco lo somos del sentido ni de nuestras decisiones. El yo se diluye en datos, likes y predicciones. ¿Seguimos siendo humanos o ya vivimos en modo poshumano?
Sigmund Freud sostenía que la humanidad había recibido, a lo largo de su historia, tres grandes heridas narcisistas. La primera se la infligió Galileo, al demostrar que la Tierra no era el centro del universo, ni siquiera del sistema solar, sino apenas un planeta más que orbitaba alrededor de una estrella. La segunda herida la provocó Darwin, al afirmar que el hombre no era el rey de la creación, sino el resultado de un proceso evolutivo: un mono mejorado. La tercera gran herida fue obra del propio Freud, cuando el psicoanálisis reveló que el ser humano no es dueño absoluto de sus actos ni de su mente, sino que apenas gobierna una pequeña porción de su psiquismo.
Esta última herida introduce la noción de un psiquismo
escindido, contradictorio, atravesado por una tensión constante entre lo
consciente y lo inconsciente. Implica sostener la idea del conflicto psíquico.
En el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1899), Freud
formula su primera tópica, una teoría sobre la estructura del aparato psíquico
humano. Allí describe tres sistemas: conciencia, preconsciente e inconsciente.
El sujeto alienado y conflictivo de la era industrial encuentra una vívida
representación en Memorias del subsuelo de Fiódor Dostoievsk.
A estas tres heridas podría sumarse una cuarta, aportada por
la psicología social crítica. Esta perspectiva sostiene que el individuo no se
constituye por sí mismo, sino como efecto de su entorno. El sujeto no es
autónomo, sino resultado de estructuras sociales, ideológicas, lingüísticas y
de poder. Así, la psicología social crítica —inspirada en el marxismo, el
psicoanálisis, el construccionismo social y el estructuralismo— cuestiona el
mito liberal del "yo libre" y propone una visión radicalmente
relacional y contextual del sujeto.
Desde este punto de vista, la identidad, las creencias, los
deseos e incluso el inconsciente, son productos sociales, históricos y
discursivos. El “yo” no es el autor de sí mismo, sino una construcción moldeada
por el lenguaje, la clase, el género y la cultura. El individuo vive en una
heteronomía constante, aunque crea ser autónomo. Esta forma de descentramiento
representa una nueva herida al narcisismo moderno, que hasta el siglo XX
defendía una imagen del sujeto como racional, libre y autosuficiente. En cambio,
se propone un sujeto determinado por el entramado simbólico y relacional en el
que está inmerso.
Michel Foucault afirma que el sujeto es efecto de
dispositivos de saber-poder, Pierre Bourdieu sostiene que el habitus y los
campos sociales configuran al individuo desde estructuras invisibles, Erving
Goffman concibe la identidad como una actuación adaptada al contexto, Niklas
Luhmann plantea que la realidad y el yo se construyen socialmente, y Enrique
Pichon-Rivière, desde América Latina, desarrolla una teoría dialéctica del
sujeto en constante relación con su grupo y su entorno.
Más allá de si se trata de una cuarta o de una nueva herida
narcisista, lo cierto es que el desarrollo de la cibernética y de la
inteligencia artificial ha desplazado aún más al ser humano del centro de la
escena. Lo poshumano ya no es simplemente un sujeto que se sirve de la
tecnología como prótesis —el clásico ciborg—, sino una entidad que viene a
reemplazarlo.
En este sentido, distintos pensadores contemporáneos han
desarrollado ideas en torno a una nueva herida narcisista, provocada por la
tecnología, la digitalización y la inteligencia artificial. Eric Sadin, en
obras como La humanidad aumentada y La silicolonización del mundo,
sostiene que los algoritmos nos comprenden y deciden por nosotros. Esto
erosiona la noción de autonomía, ya que perdemos el monopolio sobre el saber y
la decisión. Byung-Chul Han, aunque no utiliza el término “cuarta herida”,
describe cómo el sujeto es desubjetivado por un sistema algorítmico que exige
transparencia total. Su obra puede leerse como una prolongación filosófica de
esta herida. Luciano Floridi plantea que estamos atravesando una “cuarta
revolución” que altera el estatuto ontológico del ser humano, ya que vivimos en
la infosfera, un entorno artificialmente inteligente que desafía nuestra
unicidad. Yuval Noah Harari, en Homo Deus, argumenta que la neurociencia
y la inteligencia artificial cuestionan la existencia del libre albedrío. Los
algoritmos pueden predecir y manipular nuestras decisiones, reemplazando el
humanismo por el datismo.
La llamada “cuarta herida narcisista” remite a la pérdida de
control del ser humano sobre el conocimiento y la acción. El sujeto autónomo es
reemplazado por sistemas algorítmicos de predicción. El descentramiento ya no
es solo cosmológico, biológico o psíquico, sino también epistémico y
tecnológico.
En este nuevo marco conceptual aparece la figura del
poshumano, una construcción híbrida que desdibuja los límites entre lo natural
y lo artificial, lo humano y lo maquínico. Inspirado en la ciencia ficción y
las teorías críticas contemporáneas, el poshumano no es un simple ciborg
mejorado, sino una figura que encarna la crisis del sujeto moderno. Dos
corrientes ayudan a pensar esta transformación: el transhumanismo, que promueve
la mejora del cuerpo y la mente mediante la tecnología, y el poshumanismo, que
critica el antropocentrismo y propone una ética de coexistencia con otras
formas de vida y de inteligencia. Mientras el primero sueña con una
superhumanidad, el segundo cuestiona la supervivencia misma del ser humano tal
como lo conocemos.
Ambas visiones coinciden en que lo humano ya no es una
esencia fija ni un destino inevitable. La identidad, el cuerpo, el deseo, y la
capacidad de actuar y decidir se reconfiguran en un mundo donde las tecnologías
no solo amplifican nuestras facultades, sino que tienden a reemplazarlas. La
cuarta herida narcisista, entonces, marca el ocaso del proyecto moderno de
subjetividad. Ya no somos el centro del universo, ni del planeta, ni de nuestra
psique. Pero ahora, tampoco lo somos del sentido, de la comunicación ni de
nuestras decisiones. En la era del algoritmo, el sujeto se diluye en una red de
datos, sistemas de control y procesos automáticos. El futuro ya no es humano.
Es, cada vez más, poshumano.
El ecosistema del sujeto poshumano ya no se limita al mundo
material y simbólico que hasta hace poco habitaba. Hoy está escindido entre dos
dimensiones: un sujeto humano que vive en el mundo de las cosas materiales y
finitas, y su gemelo digital que habita en la nube, en el universo de las
no-cosas. Ese universo digital carece de límites. No hay muerte, ni dolor, ni
amor. Todo es posible, duplicable, simulado. Una realidad virtual sin tiempo ni
goce humano. Un espacio donde todo lo imaginable se vuelve realizable, pero
donde el sujeto real, finito, se enfrenta a una experiencia profundamente
frustrante: la de ser interpelado por su doble digital, que busca llevarlo de
la realidad virtual a la virtualidad real. Un escenario ideal para el cultivo
del odio, la disociación y la perversión.



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