La Inteligencia Artificial y la muerte del eros

 Reflexiones tempranas sobre La Inteligencia Artificial ( Segunda Parte)

Por  Aca-me-dicen-Victor

La irrupción de la inteligencia artificial no solo redefine nuestra relación con la tecnología, sino que transforma la estructura misma del deseo y la subjetividad. En un mundo dominado por algoritmos que prometen eficiencia y predictibilidad, el eros —entendido como apertura al otro, como tensión y misterio— se desvanece, dejando paso a un yo digital domesticado, sin contradicciones ni angustia. La perfección técnica amenaza con suprimir la falla y la opacidad que nos constituyen como humanos, planteando un desafío existencial: defender la imperfección y la libertad frente a un nuevo superyó algorítmico que dicta quiénes somos y qué debemos desear.

 

Vivimos una época marcada por una profunda transformación en la forma de Ser-Estar del ser humano en el mundo, determinada por la creciente centralidad de la tecnología y, especialmente, por la irrupción de la Inteligencia Artificial. Desde la primera herramienta de mano hasta los actuales sistemas algorítmicos, cada avance técnico ha modificado no solo nuestras acciones, sino también la estructura misma de nuestra subjetividad. Hoy, en este universo digital y distópico, lo que está en juego no es simplemente la eficiencia operativa, sino algo más radical: el modo en que se configura la verdad, el deseo y la relación con el otro.

Byung-Chul Han, en La agonía del Eros, advierte que el deseo —en tanto apertura al otro, al misterio, a lo no disponible— está en retroceso. En su lugar se impone una cultura del rendimiento, del pensamiento positivo, donde el otro ya no es una alteridad deseante sino un espejo del yo, una figura domesticada y funcional. El Eros, que implica distancia, tensión y tiempo, es sustituido por un goce inmediato, controlado y calculable. Esta erosión del deseo verdadero nos empuja hacia una vida sin profundidad ni sentido, una existencia marcada por la soledad, la depresión y la imposibilidad de amar de verdad. El otro ya no se presenta como un enigma, sino como un dato más en el circuito del consumo afectivo vinculado a los Likes.

Desde el psicoanálisis, Jacques Lacan sostiene que el deseo esta estructuralmente ligado a la falta, a lo imposible de colmar. A diferencia del placer, que busca satisfacción, o del goce, que puede volverse incluso mortífero, el deseo persiste como movimiento, como pregunta sin respuesta.

El sujeto del inconsciente está dividido, nunca es plenamente transparente a sí mismo. En cambio, en la lógica algorítmica actual, se ofrece una figura de sujeto completamente predecible y coherente: Un “gemelo digital”. Este doble virtual, como describe Éric Sadin, se construye a partir del registro electrónico constante de nuestras acciones, emociones y hábitos interactuando con la nube. Se presenta como una representación fiel y eficiente del yo, capaz de anticipar decisiones, modelar comportamientos y sustituirnos operativamente. Pero este gemelo no es el sujeto del deseo; es una imagen especular, una ficción estadística que pretende eliminar la opacidad del inconsciente. Un gemelo carente de angustia que vive en un mundo de NO-COSAS.

El gran desplazamiento que introduce la IA es la transformación del lugar del Otro. Ya no es el Otro simbólico, portador del lenguaje y del deseo, sino un Otro digital, omnisciente y operativo, que “sabe” lo que somos, lo que queremos y lo que haremos. Este Otro ya no interpela, sino que impone: no desea, sino que controla, desde el nuevo lugar de legitimación de la verdad.  En este contexto, el Ideal del Yo también se digitaliza: el sujeto debe estar a la altura de su perfil algorítmico, ajustarse a la expectativa estadística, obedecer al nuevo mandato superyoico de “ser lo que los datos dicen que sos”. La disrupción subjetiva, la contradicción interna, la negatividad constitutiva del deseo quedan así suprimidas, se cancela la angustia.

Søren Kierkegaard, señala un concepto crucial que se relaciona con la libertad humana y la posibilidad del pecado. No se refiere a un miedo específico, sino a un estado de ansiedad profundo que surge de la conciencia de la propia libertad y la posibilidad de elegir el mal. Kierkegaard considera que la angustia surge cuando el individuo se enfrenta a la vasta posibilidad de elegir, especialmente la posibilidad de elegir el mal.

La angustia no se centra en un objeto específico, sino en la indeterminación de la propia existencia y la posibilidad de fracaso o caída en el pecado. No es solo miedo al mal futuro, sino también una anticipación del mal como posibilidad inherente a la libertad humana.

En términos de Kierkegaard, la angustia es el “vértigo de la libertad”, una sensación de mareo que surge al contemplar la vastedad de las opciones y la responsabilidad que conllevan. La angustia se relaciona con el pecado porque es la conciencia de la posibilidad de caer en él lo que genera la angustia. El pecado, en este contexto, no es simplemente una acción, sino un estado de la existencia.

En resumen, la angustia del mal en Kierkegaard no es un temor ordinario, sino una experiencia existencial profunda que revela la tensión entre la libertad humana y la posibilidad de elegir el mal, así como la responsabilidad que conlleva esa libertad. El nuevo Superyo de nuestro gemelo digital cancela la libertad y la angustia y la convierte una relación operacional vinculada al desempeño del YO Digital, alejándolo de lo humano que está sesgado de subjetividad e imperfección.

 En consecuencia, cuanto más se perfeccionan estas tecnologías, más se alejan de lo humano. La perfección algorítmica no es signo de inteligencia emocional, sino de una rigidez que excluye la ambigüedad, el matiz y la empatía. Este “Ser Digital”, como culminación de la racionalidad técnica, encarna una versión mecánica de la subjetividad: sin simbolización, sin reflexión, sin contradicción, sin angustia. Lejos de sustituir al ser humano, representa su negación. Puede simular sentimientos, pero nunca alojar el goce, porque este no se rige por la lógica de la utilidad, del rendimiento, del pensamiento positivo sino por la falla, el exceso y el deseo sin objeto.

Así, el sujeto contemporáneo se ve cada vez más atrapado entre la ilusión de plenitud que ofrece la tecnología y la experiencia existencial de su falta constitutiva. El gemelo digital no es un aliado, sino una forma de captura imaginaria del deseo. En un mundo que borra lo opaco, lo errático y lo imperfecto, la inteligencia artificial se impone como nuevo legitimador de la verdad, es la voz del padre, desplazando no solo a la religión o a la ciencia, sino también al propio sujeto. Este desplazamiento no es neutral: modela nuevas formas de subjetivación donde lo humano ya no es lo que siente o desea, sino lo que es calculado, anticipado y sustituible. En esta tensión entre perfección técnica y deseo humano, se libra hoy una de las batallas más profundas por la conservación de nuestra condición humana.

 

 

 


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